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“Esto es una máquina de éxtasis”: el crítico de arte favorito de internet pasea por el Museo del Prado

Jerry Saltz dejó su trabajo de camionero para escribir sobre la escena neoyorquina. Su falta de pretensiones le ha valido un Pulitzer y cientos de miles de seguidores en redes

Jerry Saltz Museo del Prado
Tom C. Avendaño

Si no fuera por su forma de andar, de neoyorquino, de ir con prisa y abriéndose camino entre la gente, nuestro hombre parecería un visitante más del Museo del Prado una mañana de miércoles. Uno calvo y barbilampiño, que lleva gafas redondas y no alcanza el metro setenta, que avanza escopetado por la planta baja del edificio Villanueva. Pero una vez delante de El descendimiento de la cruz, de Roger van der Weyden, nuestro hombre empieza a dar muestras de que no es uno más. Se arrodilla ante el cuadro y junta las manos en un gesto teatral de oración. Es una pose extraordinaria entre estas paredes pero que cientos de miles de personas reconocerán porque Jerry Saltz (Chicago, 74 años), uno de los críticos de arte más leídos en el mundo, ganador del Pulitzer y estrella de las redes, la adopta habitualmente en su Instagram cuando se encuentra ante una obra incontestable.

“La realidad termina aquí‘: eso es lo que debería leerse en la entrada del museo. Y debajo de ese cartel, debería haber otro: ‘La realidad empieza aquí”, sentencia, muy en el estilo que le ha hecho famoso: ideas que suenan improvisadas en frases cortas, que sin embargo encierran sabiduría a su manera. “La realidad es esto. El interior de las cosas más irreales jamás creadas. ¿Qué es un cuadro? Nada más que lo que es. Todo en los cuadros es falso, está inventado, óleos nada más. Y es ahí donde yo más vivo. La pintura es mi primer lenguaje“.

Saltz, que forma parte de esa estirpe de escritores-celebridades de las calles de Manhattan, como Fran Lebowitz o André Leon Talley, estuvo recientemente en Madrid para participar en unas charlas en el Prado. Aceptó la propuesta de EL PAÍS de mostrarnos las obras que más le conmueven de la pinacoteca. Mientras nos conduce a toda velocidad —cualquiera diría que el visitante es él— a la sala 64, donde nos espera El 3 de mayo en Madrid, de Goya, Saltz rememora su camino hasta aquí. Ejerce de crítico de arte para la revista New York desde 2006. Escribe de arte desde 1989. Antes de eso, era camionero. “No fui a la escuela. No tengo títulos. No tengo estudios. Era camionero, el único camionero judío de EE UU, quizá, hasta que cumplí los 40. Conduciendo lo pasaba tan mal que pensé: ‘Cualquier cosa en la vida será mejor eso’. Me gustaba el arte. ¿Qué podía hacer en el mundo del arte? Así que dije que era crítico y aprendí a escribir solito. No había escrito en mi vida. Ahora es mi vida”.

El crítico Jerry Saltz habla en una de las galerías del Museo del Prado en Madrid.

En realidad, antes de camionero, Saltz había sido artista, y de relativo éxito, hasta que la inseguridad por sus orígenes humildes —“No sabes lo que haces, no sabes historia del arte, no tienes dinero, no caes bien”— le hizo refugiarse en los camiones. Y en realidad no aprendió a escribir solito, sino gracias al mayor aliado —y peor enemigo— de todo periodista, la hora de entrega de un texto. Tenía que pensar y soltar sus críticas tan rápido que no podía fingir ser quien no era. “Ese es el secreto: no tienes tiempo de mentir, ni de ponerte exquisito, no puedes pontificar ni andarte con pamplinas. Tienes que poner el nombre del artista en la primera línea, decir lo que tengas que decir e irte”, abunda hoy.

Sus críticas son directas, didácticas, claras, informales y sin pretensiones, como lo es él. Cualquiera puede entenderlas. Los esnobs le desprecian porque no les conecta con lo que piensan las élites y las élites le detestan porque no le importa lo que piensen. Alguien que no miente no puede manipularse: si no sirve para hinchar fenómenos, nombrar nuevos dioses o hundir enemigos, no tiene ningún interés para los del 1%. Saltz hace algo tan marciano como contar lo que ve. Es el ojo de la clase obrera en el mundillo más exclusivo de Manhattan.

Cristo se ha quedado descendiendo en la sala 58, nos vamos rumbo a otra cosa. Sala 61, sala 62... “Andamos entre obras maestras”, reflexiona. “Sucede en la mayoría de los museos. El 85%, y estoy siendo generoso, del arte que ves en galerías es basura. Veo unas 25 o 30 exposiciones a la semana en Nueva York. Aún lo hago, soy uno de los últimos que trabajan así, junto a mi esposa. Estoy casado con la mejor crítica de arte de nuestros tiempos, Roberta Smith, la principal crítica de The New York Times. Vamos juntos a las galerías, nos separamos y luego nos reunimos para comer pizza en algún lugar cutre mientras los demás vais a las fiestas, las cenas y los afters. Nosotros, con nuestra pizza en un plato de cartón, hablamos del arte que vemos”.

Sala 64. Goya. Saltz alza los brazos.

Jerry Saltz gesticula frente a 'Fusilamientos del 3 de mayo' de Goya en el Museo del Prado en Madrid.

“Lo que me asombra de estos goyas es que este cuadro [El 2 de mayo de 1808 en Madrid] precede este otro en solo 24 horas [El 3 de mayo en Madrid]. En la época de Napoleón, Goya vio la locura, el mundo hecho un barco que pilota un demente. Como yo vengo de Estados Unidos, lo entiendo. Mi país era una idea y esa idea parece estar desapareciendo. El lugar es el mismo. Nuestras vidas siguen igual. Es la idea lo que está cambiando. Goya capturó eso, en cierto modo: un mundo del revés, sufriendo enormes dolores, solo que él suscitó una nueva forma de ver el arte contemporáneo”.

Señala el charco de sangre bajo uno de los fusilados de El 3 de mayo en Madrid, abajo a la izquierda. “Fíjate cómo difumina las formas, va haciendo así [sacude la mano, gesticulando brochazos toscos] donde quiere. Ha aprendido de Velázquez y los demás maestros españoles que no tienes por qué esconder las pinceladas. Los renacentistas italianos y los flamencos lo representan todo al milímetro. Es perfecto. Los españoles creían en pintar al óleo, en la carne, en el proceso. La fealdad es una idea puramente subjetiva que se ve en… ¿dónde están las Pinturas negras?“.

De golpe, nos encontramos mirando cómo Saturno devora a su hijos.

Jerry Saltz explica 'Saturno devorando a su hijo', de Goya, en el Museo del Prado.

“¿Es esta una imagen bonita? Es obvio que no. Es aterradora, va más allá de lo humano, es canibalismo, es comerte a tu propio hijo. Y sin embargo… aquí hay una idea nueva de la belleza. Una idea visionaria, romántica, de lo que puede ser bello. La belleza es una forma de pintar, de pensar, de ser. En esta imagen tan increíblemente sofisticada nació una nueva conciencia”.

El crítico Jerry Saltz ante 'Duelo a garrotazos'. ANDREA COMAS

Señala Duelo a garrotazos unos metros a un lado: “Todo parece inacabado, hecho mierda. ‘Oh, tienen las piernas en el suelo’. Hay mil posibles explicaciones para ello y ni una respuesta correcta. Nadie, al escuchar a Mozart, se plantea qué significa Mozart. Es una pregunta ridícula. La pregunta es qué hace Mozart. Las bellas artes son un verbo, no un sustantivo. Es algo que te hace algo. ¿Qué te hace?“.

Vuelve a salir disparado pero a los pocos metros se detiene repentinamente. Ha visto algo en el umbral de la sala. Goya pintó un Autorretrato en 1815 cuando tenía 69 años, 13 antes de morir. Se le ve desaliñado. Mayor, pero no por viejo, sino por el cansancio que transmite.

“Pienso lo importante que debe ser que Goya muriera sordo. Yo estoy perdiendo el oído. No pasa nada, soy viejo. Está bien. Pero perder el oído te desconecta lentamente del mundo, te ves más y más aislado y solo. Cuando mi esposa me habla, yo no siempre la oigo. En la cama, si me habla, no la oigo. Una de las formas más íntimas de comunicación, la cháchara en la cama, la he perdido. El patetismo en esta obra es enorme”.

Pasa por Una manola: doña Leocadia Zorrilla. Una mujer de luto, formada por cientos de brochazos desesperados, apoyada en un montículo de tierra.

—Esta es en cierto modo mi esposa mirándome, esperándome en la cama, incapaz de comunicarse conmigo.

—¿Qué siente al verla?

—Aislamiento, pérdida. Profundo coraje. Amor. La necesidad de documentar la experiencia. De no sentarse a ver cómo el mundo se colapsa, sino de erguirse en pie y decir: “Esto es lo que veo. No tiene pasado. No tiene precedente histórico. No encajo en ningún movimiento. Estoy solo. Y estoy determinado a hacer esto”.

Alza el dedo de repente y algo se ilumina en su mirada. “Adán y Eva”, musita. “Nuestros primeros padres. Mamá y papá”. O sea que nos vamos a ver a Durero.

De camino, logramos que nos hable de política (“Espero que los votantes de Trump reciban todo lo que quieren, en abundancia y con rotundidad”) y de lo inefable: la obra de Saltz como artista era marcadamente espiritual, muy Hilma af Klint.

—Hay gente que mira arte, y lee libros, y ve películas, buscando una resonancia espiritual y otros lo hacen como se ve un deporte: pendientes de lo que sucede, de la trama. ¿Le agrupamos en el primer bando?

—Me temo que sí. Entro en un estado donde no hay fondo, no hay final, no hay muerte. Es un pensamiento al que no llego con una película. Odio las películas. Todas contienen comienzo, desarrollo y final. Trama, trama, trama. A mí me parece que la trama solo produce ruido. Cuando estoy ante una obra, ese es el comienzo, desarrollo y final de todo dolor. Una ballena abre la boca y te traga entero.

Jerry Saltz posa frente a 'Adán y Eva' de Durero en el Museo del Prado en Madrid.

Con esto, señala a Eva y Adán (1507). “Dos cuerpos jóvenes, hermosos, preciosos, desnudos, humanos, que nos llegan a través de siglos de arte gótico, bizantino, medieval, irreal, simbólico. Durero, alemán que vivió en Italia y aprendió del Renacimiento, nos trae esta versión”, dice. “Fíjate cómo sus sombras están solo a medio formar, porque Dios acaba de decirles en ese instante que les echa del jardín del edén”.

Empieza por Eva: “Tengo la teoría que Eva es muy valiente. Come la manzana tras encontrarse con la serpiente. Se despierta. Y hace lo que jamás haría hombre. Si un hombre hubiese comido la manzana antes, hubiera ido donde Eva en plan hey, nena. Pero Eva toma una segunda manzana y se la ofrece a Adán. Así es cómo él alcanza su conocimiento”.

Va a por Adán: “Parece repentina y perdidamente embelesado ante una nueva idea de belleza. Para él, la belleza se ha convertido en algo puramente visual. Para ella, parece ser algo a lo que uno se aferra, algo que se interioriza, una conciencia sobre sí mismo. Él tiene mucha conciencia que formar. Ella posee un conocimiento interno muy potente”.

Saltz da un paso atrás, como evidenciando que esto, la belleza que se ve y la belleza que se interioriza, es lo que nos rodea esta mañana, lo que él ve al menos, porque un crítico de arte contemporáneo estadounidense no es inmune a las obras maestras españolas del Museo del Prado. Saltz ve mil exposiciones al año, sí, pero lo que se ve en galerías no es lo que se encuentra en un museo como este. Lo que le despierta tampoco es lo mismo.

“Estamos en una máquina de éxtasis”, sentencia Saltz sobre el museo. “Oscar Wilde decía que cuando lees un libro te estás leyendo a ti mismo, nada más. Pues el cuadro te está hablando. Te está contando lo que no sabías, lo que ni sospechabas que necesitabas saber, lo que quizá ya sabías muy a fondo. Los cuadros son cosas que modifican lo que eres. Te estás hablando a ti mismo”.

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Sobre la firma

Tom C. Avendaño
Periodista de EL PAÍS SEMANAL. Fue subdirector de la revista ICON. Publica en EL PAÍS desde 2010, cuando escribió, además de en el diario, en EL PAÍS SEMANAL o El Viajero, antes de formar parte del equipo fundador de ICON. Trabajó tres años en la redacción de EL PAÍS Brasil y, al volver a España, se incorporó a la sección de Cultura.
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